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Fededs es al autor de Artesala. Artesala en la antesala de la pregunta de las preguntas: ¿Qué es el arte? Pregunta sin respuesta que intentaremos responder para aprender a pensar.

 
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El arte también duele

escrito el 24 de Noviembre de 2009 por fededs en General

Como decíamos ayer (con permiso de Fray Luis), el arte puede conducir a la felicidad, o al menos puede proporcionarnos momentos felices. Este axioma (a pesar de que pueda pensarse que ni siquiera sea un axioma) nos deja tranquilos y felices ante la perspectiva de poder darle una utilidad al arte, empeñados como estamos en el mundo en el que vivimos en darle una utilidad a todo, pues el arte, inútil por definición, tiene ahora la encomiable tarea de proporcionarnos felicidad, sea ésta una felicidad dulce y pausada o una felicidad movida y extenuante. Pero… ¿qué hacemos con el arte que no da la felicidad?, Gorecki01¿qué hacemos con el arte que más que alegrarte la vida te la entristece? Porque, queridos lectores, el arte también puede doler, y mucho…

Henryk Górecki, que se ufanaba en codearse con los compositores experimentales de la época, y entre los cuales había obtenido reconocimiento y un cierto grado de liderazgo, y que cultivaba la disonancia y el serialismo, ha pasado a la historia de la música contemporánea por haber sido el autor de una de las piezas “melódicas” más aclamadas y, sobre todo, más vendidas y seguidas de las últimas décadas, en lo que a música “culta” o “clásica” se refiere: su Sinfonía nº 3, también llamada “Sinfonía de las lamentaciones”, de cuyo cd se habían vendido más de un millón de copias hacia 1995.

¡Un millón de copias de un disco de música culta! Las razones del éxito aún se están discutiendo, pues, y como expresó en su momento el escritor Michael Steinberg, no puede entenderse cómo la gente se echó a las calles para comprar un disco de cincuenta minutos de una música excepcionalmente lenta cantada en un idioma completamente desconocido para los degustadores franceses, germanos o ingleses (y del resto de Europa fuera de Polonia, se entiende). Pero, si indagamos un poco más en el asunto, incluso en la wikipedia encontramos cumplida información del porqué del éxito de esa tremenda pieza.

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"Lemminkäisen äiti", 1897, de Akseli Gallen-Kallela

El origen fue el hallazgo, por parte del propio Górecki y gracias al folclorista Adolf Dygacz, de una melodía, llamada “A dónde se ha ido mi querido hijo” (Kajze mi sie podzioł mój synocek miły) que narraba, con palabras sencillas pero llenas de fuerza, el terrible dolor de una madre por la pérdida de su hijo. Poco más tarde, Górecki oyó hablar de una inscripción hallada en una celda de una cárcel de la Gestapo de Zakopane en la que, entre sórdidos mensajes de presos desesperados, una joven de tan sólo dieciocho años, Helena Wanda Błażusiakówna, garabateó en la pared O Mamo nie płacz nie—Niebios Przeczysta Królowo Ty zawsze wspieraj mnie (“Oh mamá, no llores. Inmaculada Reina Celestial, socórreme siempre”).

Ambos textos, el de la madre desesperada y la hija desconsolada, despertaron en Górecki la necesidad de crear una pieza de melodía minimalista y repetitiva que, sin embargo, es un proyectil que apunta directamente al corazón con una explosión de tristeza y melancolía extraordinaria. Éste es el segundo movimiento de la pieza, el “Lento e largo – Tranquillissimo”, que se corresponde con el momento en el que la muchacha consuela a su madre, y le pide asimismo apoyo y consuelo:

En poco tiempo la pieza se convirtió en algo así como la banda sonora oficial del dolor, presente en bandas sonoras de películas y reediciones del cd original que fueron “pinchadas” en todas las emisoras de música culta de Europa y América. Górecki pasó a ser un autor casi famoso que desbancaba a Mozart o Beethoveen en la lista de los compositores más vendidos. Y todo ello gracias a una pieza delicada pero opresiva, consagrada a  mostrar el más puro dolor en la garganta de una soprano.

El arte duele. También. El arte puede entristecer con una fuerza pasmosa. Podría dar otros ejemplos dentro de la música, como las tremendas piezas de Sainte Colombe que Savall interpretó en la ya mítica Tous les matins du monde, o mucho más cercano y alejado en el tiempo musical (realmente extremos de la misma historia de la música), el japonés Ryuichi Sakamoto hace lo propio en su último disco, Out of noise, con la segunda y la tercera pieza, llamadas “Hwit” y “Still Life” respectivamente. Los compositores, a lo largo de la historia, han puesto melodía al dolor, la tristeza y el sufrimiento.

No sólo es la música, evidentemente, la que hace doler al corazón, sino muchas manifestaciones del arte, pero este post concluye aquí. Pronto (espero que esta vez sí) seguiremos.


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El arte y la felicidad

escrito el 17 de Septiembre de 2009 por fededs en General

felicidad0011Es muy común en todas las corrientes de pensamiento de todos los tiempos el preguntarse cuál es el origen de la felicidad, qué es lo que hace que un hombre se considere “feliz”, o cuál es la naturaleza misma de la felicidad. Como podrá imaginar el lector perspicaz, ninguna de estas corrientes ha dado con la fórmula mágica que haga que el hombre sepa cómo conseguir la felicidad, y en la mayoría de ocasiones los pensadores se conforman con que el lector sepa al menos reconocerla, algo de lo que no todo el mundo es capaz. Será quizá porque la naturaleza misma de la felicidad se halle en el desconocimiento de que se es feliz (en la ignorancia, casi); de paradojas como ésta está llena la existencia.

En lo que sí se ponen de acuerdo los pensadores es en que la felicidad necesita de estímulos, lo mismo que de cierto grado de disfrute en la mera perspectiva de poder hallarlos. Es decir, para ser feliz se debe ser, por fuerza, despierto y curioso, a pesar de que no pocos pensadores y axiomas de la filosofía popular asocian felicidad con simplicidad, con la vida contemplativa.

No es ese el caso de uno de los divulgadores españoles más famosos de los últimos tiempos, Eduardo Punset, quien se atreve incluso a desvelar cuál puede ser la fórmula mágica de la felicidad (y que aquí no vamos a revelar, pues sería como destripar el final de una buena película). Pero el tema que aquí nos ocupa es saber si la felicidad se puede encontrar en el arte, y Punset es claro: el arte ayuda, y mucho, a conseguir ser feliz.

Las investigaciones han revelado que la música, y por qué no otras artes, actúa sobre el sistema nervioso central, aumentando los niveles de endorfina, los “opiáceos naturales” del cerebro, y otros neurotransmisores como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina. Más allá de estos términos técnicos, arduos para los profanos, lo que queda claro es que la música, el arte en general, proporciona motivación y energía ante la vida, y disminuye el dolor, algo básico para lograr una sensación de bienestar, que no es otra cosa que la esencia para sentir gratitud y satisfacción existencial, es decir, y cerrando el círculo, el centro mismo de la felicidad. Así, contemplar un hermoso paisaje leyendo un libro, escuchar buena música, admirar un cuadro, disfrutar de una buena película, etcétera, hace que nos alegremos de estar vivos, que nos sintamos felices, vaya, aunque sea un breve instante (lo que entronca con otro personaje público, Antonio Gasset, el inefable crítico de cine que dijo una maravillosa frase al despedirse de un programa: “sean intermitentemente felices, que según los expertos es la única forma de serlo”).

¿Es esto posible porque, como señala Punset y Godstein antes que él, el arte produce euforia, consecuencia de la liberación de endorfinas por la glándula pituitaria, y que esto es en definitiva fruto de la actividad eléctrica que se propaga en una región del cerebro muy concreta, donde se hayan los centros de control del sistema límbico? Bueno, no necesitamos ser científicos para saber que el arte produce sensaciones especiales, y uno recuerda que loscuadro002 “momentos felices” de su vida son, precisamente, aquellos donde las sensaciones especiales ganan la partida al tedio vital de la vida rutinaria del hombre moderno.

Siempre se puede ir un paso adelante. Si el arte da la felicidad, ¿por qué precisamente el estereotipo de artista que tenemos en nuestra cabeza es el de un ser atormentado y medroso que no lleva precisamente una existencia feliz? Claro, que ese estereotipo puede parecer de otra época, o propio de los artistas que no gozan de reconocimiento en vida, pero resulta curioso que el cerebro capaz de crear obras maestras no sea absolutamente feliz, salvo en honrosas excepciones. Parece un alto precio que pagar para aquellas almas sensibles que deberían ser respetadas, pero parece también una especie de cruel tasa: sí, eres un genio, pero no puedes ser feliz; lo será aquel que disfrute de la magnífica obra que has hecho… Ironías del destino.

Habría, por supuesto, que hablar de lo que siempre se habla cuando se menciona la palabra arte, pues si no está claro a veces qué es el arte y que no, tampoco sería fácil calibrar qué arte hace o no feliz. Una encorsetada dama enfundada en su abrigo de angora que asiste a una noche de ópera… ¿libera tanta endorfina como un adolescente sudoroso en pleno éxtasis en un concierto de rock? ¿Acaso una mala película debe dejarnos tristes?; pero, ¿como es posible que nos riamos a mandíbula batiente con esa mala película, si es capaz de apretar los resortes cómicos adecuados?

Para este humilde bloguero es evidente que la mera indagación, el ansia de saber qué es o no buen arte, merece la pena como vehículo de felicidad. Y si encima esa búsqueda consigue hallar momentos sublimes, ¡entonces sí que se puede decir que el arte te hace feliz!


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La luz del Románico

escrito el 24 de Julio de 2009 por fededs en General

Seguimos el camino abierto de reflexión sobre el arte, su evolución y el modo en el que repercute en nuestra vida. Y como lo prometido es deuda, hablemos del Románico, y por ello intentaremos reflexionar sobre lo que significaba para el hombre medieval el concepto de templo y de arte.

romanico_003Resulta ya manida la idea que tenemos de la vida en “los tiempos oscuros”, pero lo cierto es que fue una época dura, básicamente porque eso que hoy conocemos como “estado del bienestar” era impensable incluso para las clases acomodadas. Se pasaba hambre, las escaramuzas bélicas eran más que habituales, y el trabajo, fundamentalmente en la explotación de la tierra, era duro, y ocupaba la mayor parte del tiempo. En definitiva, no había espacio para el disfrute, e incluso cabría decir que no se tenía conocimiento de lo que era (salvo para los más pudientes, contando con que no fueran guerreros, claro). La esperanza de vida era exigua (treinta, cuarenta años a lo sumo) y, en fin, la existencia no es que fuese un lecho de rosas. Lo lógico era pensar que existía un más allá, una vida mejor, después de las penurias de ésta, así que era normal desear que los templos fuesen el mejor edificio del entorno, porque ahí, simplemente, habitaba Dios, y había que tenerle muy presente para merecer esa otra vida plena.

Así que, independientemente del hecho en sí de la creencia en la vida después de la muerte, los templos eran los edificios más cuidados, y para los que más esfuerzo (y presupuesto) se empleaba. Eran, y siguen siendo, el rasgo distintivo de una población, mayor si cabe en aquellos tiempos, pero… ¿eran realmente como han llegado hasta nosotros?

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La imagen que tenemos de una iglesia románica es un templo austero cuyo interior, de piedra desnuda, sobrecoge por su sencillez y penumbra. Las soluciones arquitectónicas no permitían muchos dispendios, y además se tendía siempre al recogimiento y al ambiente propicio para la oración. Esto es cierto, como lo es el que la mayoría de los fieles fuesen analfabetos, y de ahí el interés por mostrar, en esas portadas tan magníficas y sobrecogedoras, la magnificencia de los personajes divinos y el terror inspirado por los personajes malignos. Pero… ¿que opinaríais si vieseis un interior repleto de color y luz? Chocante, ¿no es cierto?

romanico_002Pues lo cierto es que las paredes de los templos (y buena prueba de ello es San Isidoro de León, o las magníficas ermitas del valle de Boí) estaban completamente decoradas con frescos multicolores que llenaban las paredes del recinto y que, desgraciadamente, han llegado en muy escasas ocasiones hasta nuestros días. Además, solían iluminarse con aparatosos sistemas de velas y antorchas, y la unión del transepto (el palo corto de la cruz, para entendernos) con el resto del edificio solía estar adornada con una gruesa tela (a menudo de color rojo intenso) que separaba aquel espacio reservado para Dios y sus ministros (el altar, ábside y aledaños) del espacio reservado a los fieles, y sólo se abría cuando tenía lugar la celebración de la eucaristía u otro oficio religioso.

Así que, telas de colores vivos, antorchas y frescos de colorines en las paredes… ¡no es la idea que tenemos de un templo románico! Hasta la luz que entraba por los ventanales estaba cargada de simbología; los rayos de sol penetraban por el ábside, que se orientaba al este, símbolo de la luz salvadora de Dios, mientras que los últimos rayos de sol desaparecían por el oeste, anunciando el juicio divino.

Una vez más, lo que vemos, lo que nos ha llegado, la idea que tenemos de una obra de arte antigua, puede no ser lo que imaginábamos que debería ser. Y es que el arte es así, mucho más complejo de lo que aparenta.

Quizá sea el momento de plantearnos algunas cuestiones más profundas sobre el arte, como por ejemplo, su implicación con la felicidad. Pero eso será en la próxima entrega.


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El color de los clásicos

escrito el 9 de Junio de 2009 por fededs en General

A menudo tendemos a ser simples cuando calibramos la importancia del arte asociado a cualquier cultura antigua. Es lógico, pues miramos desde la perspectiva arrogante del que lee esas obras en nuestro tiempo, cuando el arte, salvo honrosas excepciones, se ha convertido en una moda más, una forma de consumo más. Pero no debemos fustigarnos por ello; somos fruto de nuestro tiempo, y si la televisión, forma suprema de desvirtuar muchas cosas, es capaz de perpretar infames productos que son devorados con fricción por millones de telespectadores… ¿cómo vamos a exigirles a todos ellos un juicio sosegado sobre tales cuestiones? Dejémonos a nosotros mismos, miembros de la elite predilecta, que seamos los que discurramos sobre estos términos, y convenid conmigo en que la ironía sienta bien a estos menesteres.

Bromas aparte, hay algo fascinante en la manera en la que el arte puede sugerirnos, a veces de manera falsa e incluso ingenua, las glorias del pasado. Así, por ejemplo, es de sobras conocido que los griegos, y por ende los romanos (eminentes copiadores), eran muy amantes del color en sus esculturas y obras arquitectónicas. Y esto, la primera vez que lo descubres, resulta ciertamente chocante. No me pondré ahora a repasar todos los libros de texto, pero dudo mucho que haya cambiado la forma de enseñar el arte en comparación a cómo lo aprendí yo, así que no creo que en ningún libro se advierta (con la clara intención de no volver loco al alumnado) de que el Partenón estaba pintado con vivos colores, pero imaginarlo de esa guisa en lo alto de la Acrópolis con nuestros ojos contemporáneos haría que nos pareciera más una broma de un mal musical hollywoodiense que una verdadera obra de arte. Y lo mismo pasa con las esculturas, como las que acompañan a este post (pertenecientes, por cierto, a una exposición presentada nada menos que en el Museo Nacional de Arqueología de Atenas, en 2007, que no es cualquier sitio).

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Yo pienso en ese pulcro mármol que estamos acostumbrados a ver, y que tan profusamente fue imitado en la que se supone época dorada de la escultura, la renacentista (y pienso en Miguel Ángel y su famoso mármol de Carrara), y en que si estuviera pintado de la guisa en la que aparecen estas esculturas que os muestro a muchos incluso les entraría la risa. Eso dice mucho de nuestros referentes culturales. Toda sociedad se crea su iconografía, su “verdad” sobre las cosas, y es habitual que se esconda la “verdadera verdad” para que no se dé pie a confusiones ni a ver tambalear las sacrosantas estructuras que tanto nos ha costado crear. Sin embargo, la verdad debería ser la verdadera aspiración de la sociedad, pero incluso hoy día, ya adentrados en el siglo XXI, podemos cerciorarnos de que la verdad, por desgracia, es a veces tan difícil de encontrar como siempre lo ha sido en la historia de la humanidad. La razón por la que los griegos gustaban de aplicar color a sus obras es también cultural, pero a Occidente, sobre todo después de la recuperación del interés por las obras clásicas iniciada en el Romanticismo, le resulta incómodo ese colorido entusiasmo. Supongo que los helenos querían un arte “limpio y moderno”, pero para nosotros su sensibilidad artísitica pertenece a un encorsetado mundo anciano que nunca nos podría parecer nuevo, y menos si está pintado de colorines.

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En el arte, pues, las apariencias engañan. Y si no, esperad a que hablemos de las iglesias románicas. Pero eso será en la próxima entrega.


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¿Qué es el arte?

escrito el 29 de Abril de 2009 por fededs en General

Miles de millones de personas en todo el mundo viven sus vidas cotidianamente sin pararse a pensar jamás en la pregunta de las preguntas: “¿qué es el arte, y cuál es su utilidad?”. De hecho, esta cuestión es muy reciente, si tenemos en cuenta el tiempo que lleva el ser humano sobre la faz de la Tierra. Pero todo este devenir de creación y aceptación (sea del modo que sea) del arte en nuestro mundo, desde la primera pulsión de pintar las paredes de sus cuevas de los hombres prehistóricos a, pongamos por caso, las “Islas envueltas” de Christo, puede resumirse en una deliciosa anécdota de la que fui hace unos meses protagonista: al inquirir a un auxiliar de una instalación navideña a la que envolvía una deliciosa melodía (de la que dudábamos si se trataba del apabullante Réquiem de Victoria) sobre qué era lo que estaba sonando por los altavoces, el ínclito, solícito y cortés, respondió con una sonrisa franca “pues miren, música clásica, mayormente”.

El arte, teorizado o no, comprensible o no, es arte cuando alcanza su verdadera meta: conmover. Y para eso no importa no ser un experto, como nuestro entrañable auxiliar, sino que sólo es necesario conmoverse.

Desde esta página intentaremos plantear preguntas sobre qué es el arte para cada uno de nosotros. Porque, dicho sea desde el comienzo, el arte debe ser la más inútil de las acciones humanas, y puede ser también la más hermosa. Intentaremos comprobarlo en siguientes entradas.

Gracias por haber llegado hasta aquí, y bienvenidos a este viaje.


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