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El arte y sus milagros

No ocurre con frecuencia, pero a veces en el mundo del arte se producen milagros. Y no en este caso porque un famoso artista haya conseguido realizar una obra magnífica, que asombre al mundo por su perfección y su belleza, sino porque a un autor “clásico”, de los que se ha estudiado hasta la más nimia pincelada, el más pequeño centímetro de su obra, de repente le aparece una obra más, como salida de la nada, una de esas obras que se sospecha que existe, pero que nunca se ha podido encontrar, ni se ha tenido noticia de su paradero. Éste es el caso de El vino en la fiesta de San Martín, de Pieter Bruegel “El Viejo”.

Aunque parezca mentira, un cuadro pintado hacia 1565-1568 ha podido pasar relativamente desapercibido durante todos estos largos años, lustros, decenios y siglos sin que se haya sabido nada más de él que su posible existencia y su desconocido paradero. Se da, además, la circunstancia de que Bruegel no es precisamente un autor muy prolífico; o, mejor dicho, no es un autor del que nos han llegado muchas obras. Una cuarentena escasa de cuadros, en su mayoría (una tercera parte al menos) conservados en el Kunsthistorisches Museum, y en contadas ocasiones aún en manos privadas (como es el caso de Paisaje con Cristo y los apóstoles en el Mar de Tiberíades). Poca obra para un autor de tamaño peso, pues sin duda es uno de los grandes nombres de la pintura flamenca y europea del siglo XVI.

Puede discutirse cuál es su cuadro más conocido, si el archifamoso La Torre de Babel, el terrible El triunfo de la muerte (que tenemos la suerte de conservar en España), los impactantes El censo en Belén y El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, o el delicioso Boda campesina. En cualquier caso, en cada uno de ellos pueden verse las “marcas de la casa” de Bruegel, como esa peculiar visión desmitificadora o desacralizadora con la que describe las escenas mitológicas o religiosas, desplazando el tema principal a un lugar secundario para centrarse en escenas anecdóticas o aparentemente triviales. Son asimismo famosas sus “vistas de pájaro”, mediante las cuales describe un amplio panorama en el que se arremolinan los personajes descritos, a pesar de la distancia, con exquisito detalle psicológico. Y no debemos olvidar su tratamiento del paisaje. Todo ello, en mayor o menor medida, aparece en esta “nueva obra”, lo que hizo que todos los expertos que la analizaron (del Museo de Viena, el Metropolitan de Nueva York, el Bellas Artes de Bruselas, la National Gallery de Londres y, por supuesto, El Prado, nada menos) no tuvieran duda de la autoría.

El cuadro representa la fiesta del vino del día de san Martín, el 11 de noviembre, cuando se degusta el primer caldo de la nueva estación. El propio santo aparece a la derecha, partiendo su capa como cuenta la leyenda, pero no es un cuadro “religioso ni una obra de devoción”, “es una bacanal, la celebración del preludio del carnaval en los meses de invierno. Es manifiesta la tensión irónica entre la caridad de san Martín vestido como un caballero a la moda y los excesos de la fiesta que lleva su nombre”, según Pilar Silva, jefa del Departamento de Pintura Flamenca del Museo del Prado.

El cuadro es el más grande que se conoce de Bruegel, y estaba “en manos del coleccionismo aristocrático español desde el siglo XVII”, según Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación e investigación del Prado. Hoy día, por la propia Ley de Patrimonio, es imposible que un cuadro de esa categoría pueda salir de España, pero no es imposible que ocurra lo contrario: que un anónimo coleccionista, que probablemente lo atesorara desde tiempos inmemoriales, se tenga que desprender de él por motivos económicos. Por ahora no está claro que el Prado se haga definitivamente con él, pues siete millones de euros tienen la palabra, pero todo apunta a que sí, y que dentro de poco, una vez restaurado y analizado, forme parte de la colección permanente de la pinacoteca.

De Bruegel se pueden recordar muchas cosas: el ademán del caballero que, espada en mano, se enfrenta al ejército de pavorosos esqueletos de El triunfo de la muerte; la bobalicona mirada perdida de la rolliza novia de la Boda campesina; los risueños infantes que se lo pasan “bomba” en Juegos de niños; el imponente aspecto de La Torre de Babel (que ha quedado como icono de la misma); los borrachos derrotados de El país de Jauja; o el gentío desorganizado de El combate entre don Carvnaval y doña Cuaresma. Y ahora también podemos aprender a pensar mirando la multitud exaltada ante el tonel de vino del día de san Martín, o el grácil paso del caballo del propio santo. Podemos, en definitiva, disfrutar de un nuevo Bruegel, y esa es una gran noticia. Ahora hay un motivo más para admirar a este inmenso pintor, uno de los grandes de todos los tiempos. Y, además, los españoles tendremos la suerte de “tenerlo en casa”. Lo dicho, a veces los milagros en el arte existen…

Nota al margen: Artesala recomienda “perder” un poco de tiempo trasteando en una espléndida iniciativa que acerca, nunca mejor dicho, algunas de las joyas del Renacimiento italiano: haltadefinizione.com; en ella podremos estar tan cerca del lienzo como lo estuvo su autor. Esta página, gratuita por un tiempo limitado, será una herramienta espléndida para acercarse como nunca a estos grandes maestros. Imprescindible.



escrito el 7 de octubre de 2010 por en General


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