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La luz del Románico

Seguimos el camino abierto de reflexión sobre el arte, su evolución y el modo en el que repercute en nuestra vida. Y como lo prometido es deuda, hablemos del Románico, y por ello intentaremos reflexionar sobre lo que significaba para el hombre medieval el concepto de templo y de arte.

romanico_003Resulta ya manida la idea que tenemos de la vida en “los tiempos oscuros”, pero lo cierto es que fue una época dura, básicamente porque eso que hoy conocemos como “estado del bienestar” era impensable incluso para las clases acomodadas. Se pasaba hambre, las escaramuzas bélicas eran más que habituales, y el trabajo, fundamentalmente en la explotación de la tierra, era duro, y ocupaba la mayor parte del tiempo. En definitiva, no había espacio para el disfrute, e incluso cabría decir que no se tenía conocimiento de lo que era (salvo para los más pudientes, contando con que no fueran guerreros, claro). La esperanza de vida era exigua (treinta, cuarenta años a lo sumo) y, en fin, la existencia no es que fuese un lecho de rosas. Lo lógico era pensar que existía un más allá, una vida mejor, después de las penurias de ésta, así que era normal desear que los templos fuesen el mejor edificio del entorno, porque ahí, simplemente, habitaba Dios, y había que tenerle muy presente para merecer esa otra vida plena.

Así que, independientemente del hecho en sí de la creencia en la vida después de la muerte, los templos eran los edificios más cuidados, y para los que más esfuerzo (y presupuesto) se empleaba. Eran, y siguen siendo, el rasgo distintivo de una población, mayor si cabe en aquellos tiempos, pero… ¿eran realmente como han llegado hasta nosotros?

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La imagen que tenemos de una iglesia románica es un templo austero cuyo interior, de piedra desnuda, sobrecoge por su sencillez y penumbra. Las soluciones arquitectónicas no permitían muchos dispendios, y además se tendía siempre al recogimiento y al ambiente propicio para la oración. Esto es cierto, como lo es el que la mayoría de los fieles fuesen analfabetos, y de ahí el interés por mostrar, en esas portadas tan magníficas y sobrecogedoras, la magnificencia de los personajes divinos y el terror inspirado por los personajes malignos. Pero… ¿que opinaríais si vieseis un interior repleto de color y luz? Chocante, ¿no es cierto?

romanico_002Pues lo cierto es que las paredes de los templos (y buena prueba de ello es San Isidoro de León, o las magníficas ermitas del valle de Boí) estaban completamente decoradas con frescos multicolores que llenaban las paredes del recinto y que, desgraciadamente, han llegado en muy escasas ocasiones hasta nuestros días. Además, solían iluminarse con aparatosos sistemas de velas y antorchas, y la unión del transepto (el palo corto de la cruz, para entendernos) con el resto del edificio solía estar adornada con una gruesa tela (a menudo de color rojo intenso) que separaba aquel espacio reservado para Dios y sus ministros (el altar, ábside y aledaños) del espacio reservado a los fieles, y sólo se abría cuando tenía lugar la celebración de la eucaristía u otro oficio religioso.

Así que, telas de colores vivos, antorchas y frescos de colorines en las paredes… ¡no es la idea que tenemos de un templo románico! Hasta la luz que entraba por los ventanales estaba cargada de simbología; los rayos de sol penetraban por el ábside, que se orientaba al este, símbolo de la luz salvadora de Dios, mientras que los últimos rayos de sol desaparecían por el oeste, anunciando el juicio divino.

Una vez más, lo que vemos, lo que nos ha llegado, la idea que tenemos de una obra de arte antigua, puede no ser lo que imaginábamos que debería ser. Y es que el arte es así, mucho más complejo de lo que aparenta.

Quizá sea el momento de plantearnos algunas cuestiones más profundas sobre el arte, como por ejemplo, su implicación con la felicidad. Pero eso será en la próxima entrega.



escrito el 24 de julio de 2009 por en General


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