El arte bajo el microscopio
Una pequeña revolución está teniendo lugar en “la red de redes”, pues son cada vez más las iniciativas que se sumergen, de manera prodigiosa, en los entresijos de las obras de arte, en especial de las pinturas, mostrando con una fidelidad y una cercanía asombrosas las pinceladas de los grandes maestros.
Hace ya tiempo (un par de años aproximadamente) se “abrió el melón” con un proyecto que había retomado el testigo de otros anteriores: la visita al Museo del Prado desde Google Earth, donde se podía “entrar” a contemplar algunas obras maestras de los grandes nombres de la famosa pinacoteca desde un punto de vista inaudito hasta el momento. Podíamos ver, así, qué sorpresas nos deparaba la tabla dedicada al infierno de El jardín de las delicias del Bosco con una aproximación asombrosa, a modo de magnífico ejemplo.
Más tarde, y como ya hablamos en este mismo espacio hace pocos meses, pudimos observar también con asombro las maravillas que era capaz de enseñarnos la empresa transalpina Haltadefinizione con sus presentaciones al detalle de artistas italianos del Renacimiento. Y como muestra, este maravilloso acercamiento al rostro del ángel de La anunciación de Leonardo da Vinci.
También hace unos meses nos deleitamos con la exploración de los palacios vaticanos, aunando en este caso la visión al detalle de las pinturas con el disfrute de otra de las herramientas que nos ha ofrecido internet para un nuevo concepto de acercamiento a los más famosos monumentos arquitectónicos: las fotografías panorámicas. En lo que concierne al Vaticano, debemos destacar especialmente esta espectacular panorámica de la famosísima Capilla Sextina, donde podemos acercarnos a los frescos casi como si fuésemos el mismo Miguel Ángel. Veremos, así, de cerca la imponente cólera de Dios…
Pero ahora dos nuevos rincones de la red se han venido a sumar a esta peculiar e increíble nómina de “microscopios virtuales del arte”. Primero, la más modesta, aunque su modestia provenga más de su especialización que de la profundidad del tema tratado: un paseo por las magníficas obras de arte, sobre todo arquitectónicas y pictóricas, del edificio del Palau Ducal de los Borja (o Borgia, como se prefiera), en Gandía. Como muestra, estos angelotes de la Galería Dorada de tan impresionante palacio.
Y dejamos para lo último el proyecto más ambicioso y espectacular. De la mano (casi debería decirse que “como siempre”) de Google, presentamos una iniciativa que, según las propias palabras del gigante de Silicon Valley, permite “explorar museos alrededor del mundo, descubrir y observar cientos de obras con un increíble nivel de detalle, y compartir tu propia colección de obras maestras”. Con estas palabras presentamos la nueva sensación de internet, el Google Art Project, una maravillosa forma de descubrir y explorar el mundo de los museos de mayor prestigio mundial literalmente “como si paseáramos por sus galerías”. ¿Un ejemplo?: esta penetrante mirada del ave rapaz que sobrevuela la silueta del Joven caballero en un paisaje de Carpaccio, perteneciente a la colección permanente del Museo Thyssen-Bornemisza.
Así pues, recordamos ahora lo que mencionamos antes: se está desencadenando una verdadera revolución en la red, una magnífica revolución que mira, claro está, al futuro. No sólo es la cercanía a los museos lo que este tipo de iniciativas permite, sino una accesibilidad a las obras tal que hace que la distancia no tenga que ser el motivo por el que desconozcamos los tesoros de los mejores museos (y sin aglomeraciones ni incómodos accesos).
Indudablemente, nada puede ser comparable con la visión de una obra de arte “al natural”, pero mucho nos tememos que pocos vigilantes verían con buenos ojos que agarráramos una enorme lupa y nos acercáramos tanto para observar así de cerca estas obras de arte…















¿qué hacemos con el arte que más que alegrarte la vida te la entristece? Porque, queridos lectores, el arte también puede doler, y mucho…
Es muy común en todas las corrientes de pensamiento de todos los tiempos el preguntarse cuál es el origen de la felicidad, qué es lo que hace que un hombre se considere “feliz”, o cuál es la naturaleza misma de la felicidad. Como podrá imaginar el lector perspicaz, ninguna de estas corrientes ha dado con la fórmula mágica que haga que el hombre sepa cómo conseguir la felicidad, y en la mayoría de ocasiones los pensadores se conforman con que el lector sepa al menos reconocerla, algo de lo que no todo el mundo es capaz. Será quizá porque la naturaleza misma de la felicidad se halle en el desconocimiento de que se es feliz (en la ignorancia, casi); de paradojas como ésta está llena la existencia.
“momentos felices” de su vida son, precisamente, aquellos donde las sensaciones especiales ganan la partida al tedio vital de la vida rutinaria del hombre moderno.
Resulta ya manida la idea que tenemos de la vida en “los tiempos oscuros”, pero lo cierto es que fue una época dura, básicamente porque eso que hoy conocemos como “estado del bienestar” era impensable incluso para las clases acomodadas. Se pasaba hambre, las escaramuzas bélicas eran más que habituales, y el trabajo, fundamentalmente en la explotación de la tierra, era duro, y ocupaba la mayor parte del tiempo. En definitiva, no había espacio para el disfrute, e incluso cabría decir que no se tenía conocimiento de lo que era (salvo para los más pudientes, contando con que no fueran guerreros, claro). La esperanza de vida era exigua (treinta, cuarenta años a lo sumo) y, en fin, la existencia no es que fuese un lecho de rosas. Lo lógico era pensar que existía un más allá, una vida mejor, después de las penurias de ésta, así que era normal desear que los templos fuesen el mejor edificio del entorno, porque ahí, simplemente, habitaba Dios, y había que tenerle muy presente para merecer esa otra vida plena.
Pues lo cierto es que las paredes de los templos (y buena prueba de ello es San Isidoro de León, o las magníficas ermitas del valle de Boí) estaban completamente decoradas con frescos multicolores que llenaban las paredes del recinto y que, desgraciadamente, han llegado en muy escasas ocasiones hasta nuestros días. Además, solían iluminarse con aparatosos sistemas de velas y antorchas, y la unión del transepto (el palo corto de la cruz, para entendernos) con el resto del edificio solía estar adornada con una gruesa tela (a menudo de color rojo intenso) que separaba aquel espacio reservado para Dios y sus ministros (el altar, ábside y aledaños) del espacio reservado a los fieles, y sólo se abría cuando tenía lugar la celebración de la eucaristía u otro oficio religioso.




