El precio del arte
81,9 millones de euros. 103,219 (cotización de mayo de 2010) millones de dólares. Éste es el precio que se ha pagado en una subasta por esta obra, Desnudo, hojas verdes y busto de Pablo Picasso. Un nuevo récord absoluto de subasta por una sola obra en todo el mundo, conseguido el día 5 de mayo de 2010. Poco menos que el producto interior bruto de un país, Kiribati, que, aunque pequeño, es un país, al fin y al cabo. Pero si a esa cantidad le sumamos un poco más de la mitad, y llegamos hasta los 175 millones de dólares, podemos ya acercarnos al PIB de Santo Tomé. ¡No está mal para una sola obra, con la que nos podríamos, literalmente, comprar un país! Y todo esto en medio de una recesión global, cuando todos los gobiernos del planeta, cada cual con lo suyo, se encuentran en medio de una crisis brutal, similar al Crack del 29, y donde los gobiernos no tienen más remedio que ajustarse aún más el cinturón y recortar las partidas dedicadas al bienestar social.
Ante estos datos es inevitable hacerse una pregunta, claro: ¿qué cuesta el arte? Desde tiempos inmemoriales, el arte ha sido un objeto de intercambio económico, algo sólo accesible en la mayoría de los casos (incluso hoy día) a los más pudientes. Y no fue hasta bien entrado el siglo XVIII, donde se comenzó a valorar el concepto de museo y pinacoteca popular,
cuando las obras de arte dejaron de estar sólo al alcance de unos pocos privilegiados que tenían la suerte de disfrutar de ellas en los exclusivos salones de las suntuosas villas de la aristocracia, realeza o alta burguesía.
El listado de “obras más caras del mundo” (es decir, las obras por las que se ha pagado una mayor cantidad de dinero, generalmente mediante subasta) va cambiando cada cierto tiempo, y siempre que se cuela una en el “top ten” suele ser una noticia de relumbrón en todos los periódicos a nivel mundial. Así ocurrió con El hombre que marcha de Giacometti, Número 5 de Pollock, Willem III de Willem de Kooning, Retrato de Adèle Bloch-Bauer de Gustave Klimt o Muchacho con pipa también de Picasso. Y la nómina es larga, como puede comprobarse en estos enlaces (Público.es, Mirartegaleria o Clarín); y son sólo algunos ejemplos, pues la red está llena de páginas a las que puede accederse con una rápida búsqueda, o visitando simplemente (eso sí, en inglés) la página de la wikipedia dedicada a ello.
Es fácil llegar a algunas conclusiones sin pecar demasiado de ingenuidad. Es evidente que en la mayoría de ocasiones estas obras no las adquieren personas o instituciones interesadas realmente en el arte, sino que son simplemente “mercancia” con la que especular.
En el caso de la obra de Klimt sí responde a un deseo de acceder a una pieza en concreto, pues fue adquirida por el magnate de la cosmética Ronald S. Lauder para crear un museo (la Neue Galerie, situado en Manhattan) alrededor de esta misma, pero esto no suele ser la norma habitual, ni mucho menos.
Por otro lado, la casi totalidad de las obras que más dinero alcanzan en las subastas son muy modernas, como es lógico. Las grandes obras clásicas pertenecían en la mayoría de los casos a grandes monarcas o a miembros de la más alta aristocracia, quienes las adquirían para su propio disfrute, pero que pasaban con el tiempo a engrosar el patrimonio cultural de las grandes naciones. Los austrias y borbones, por ejemplo, se demostraron grandes coleccionistas de arte, y en la época contemporánea casos como el de Guggenheim o Thyssen son casi anecdóticos. Es por ello que las grandes obras están en manos de pinacotecas nacionales, o de algunas privadas apoyadas por gobiernos para su conservación. Si no fuera así, causaría vértigo pensar qué podría suponer subastar una obra como, por ejemplo, Las Meninas, o la Mona Lisa, o los frescos de la Capilla Sixtina…
Otro dato es que casi todas las obras que mencionamos son retratos, que aunque es evidente que es el género quizá más repetido y admirado en la pintura y escultura, no deja de resultar una curiosidad.
Y, siguiendo con la ingenuidad, y llegando incluso a la demagogia: ¿qué ocurriría si pensamos que una sola de estas obras podría suponer paliar el hambre de millones de personas? ¿Y qué supone saber que si lo que se gasta en este inaccesible arte se empleara en investigación científica se podría acabar con las lacras más graves del mundo en poco tiempo, o al menos paliarlas? Además, en el caso del retrato de Adele van a poder disfrutarlo todos aquellos que tengan la suerte de pasear por la Gran Manzana, pero ¿es lícito permitir que alguien se gaste esa cantidad para un disfrute privado? La oferta y la demanda, que es la base del capitalismo, es la que impone que estas obras alcancen estos precios astronómicos, pero… ¿no deja de ser insolidario?
El arte para muchos no es eso, pero somos unos ingenuos y utópicos soñadores, ¿no es cierto?
¿qué hacemos con el arte que más que alegrarte la vida te la entristece? Porque, queridos lectores, el arte también puede doler, y mucho…
Es muy común en todas las corrientes de pensamiento de todos los tiempos el preguntarse cuál es el origen de la felicidad, qué es lo que hace que un hombre se considere “feliz”, o cuál es la naturaleza misma de la felicidad. Como podrá imaginar el lector perspicaz, ninguna de estas corrientes ha dado con la fórmula mágica que haga que el hombre sepa cómo conseguir la felicidad, y en la mayoría de ocasiones los pensadores se conforman con que el lector sepa al menos reconocerla, algo de lo que no todo el mundo es capaz. Será quizá porque la naturaleza misma de la felicidad se halle en el desconocimiento de que se es feliz (en la ignorancia, casi); de paradojas como ésta está llena la existencia.
“momentos felices” de su vida son, precisamente, aquellos donde las sensaciones especiales ganan la partida al tedio vital de la vida rutinaria del hombre moderno.
Resulta ya manida la idea que tenemos de la vida en “los tiempos oscuros”, pero lo cierto es que fue una época dura, básicamente porque eso que hoy conocemos como “estado del bienestar” era impensable incluso para las clases acomodadas. Se pasaba hambre, las escaramuzas bélicas eran más que habituales, y el trabajo, fundamentalmente en la explotación de la tierra, era duro, y ocupaba la mayor parte del tiempo. En definitiva, no había espacio para el disfrute, e incluso cabría decir que no se tenía conocimiento de lo que era (salvo para los más pudientes, contando con que no fueran guerreros, claro). La esperanza de vida era exigua (treinta, cuarenta años a lo sumo) y, en fin, la existencia no es que fuese un lecho de rosas. Lo lógico era pensar que existía un más allá, una vida mejor, después de las penurias de ésta, así que era normal desear que los templos fuesen el mejor edificio del entorno, porque ahí, simplemente, habitaba Dios, y había que tenerle muy presente para merecer esa otra vida plena.
Pues lo cierto es que las paredes de los templos (y buena prueba de ello es San Isidoro de León, o las magníficas ermitas del valle de Boí) estaban completamente decoradas con frescos multicolores que llenaban las paredes del recinto y que, desgraciadamente, han llegado en muy escasas ocasiones hasta nuestros días. Además, solían iluminarse con aparatosos sistemas de velas y antorchas, y la unión del transepto (el palo corto de la cruz, para entendernos) con el resto del edificio solía estar adornada con una gruesa tela (a menudo de color rojo intenso) que separaba aquel espacio reservado para Dios y sus ministros (el altar, ábside y aledaños) del espacio reservado a los fieles, y sólo se abría cuando tenía lugar la celebración de la eucaristía u otro oficio religioso.




