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El arte bajo el microscopio

escrito el 7 de Febrero de 2011 por en General

Una pequeña revolución está teniendo lugar en “la red de redes”, pues son cada vez más las iniciativas que se sumergen, de manera prodigiosa, en los entresijos de las obras de arte, en especial de las pinturas, mostrando con una fidelidad y una cercanía asombrosas las pinceladas de los grandes maestros.

Hace ya tiempo (un par de años aproximadamente) se “abrió el melón” con un proyecto que había retomado el testigo de otros anteriores: la visita al Museo del Prado desde Google Earth, donde se podía “entrar” a contemplar algunas obras maestras de los grandes nombres de la famosa pinacoteca desde un punto de vista inaudito hasta el momento. Podíamos ver, así, qué sorpresas nos deparaba la tabla dedicada al infierno de El jardín de las delicias del Bosco con una aproximación asombrosa, a modo de magnífico ejemplo.

Más tarde, y como ya hablamos en este mismo espacio hace pocos meses, pudimos observar también con asombro las maravillas que era capaz de enseñarnos la empresa transalpina Haltadefinizione con sus presentaciones al detalle de artistas italianos del Renacimiento. Y como muestra, este maravilloso acercamiento al rostro del ángel de La anunciación de Leonardo da Vinci.

También hace unos meses nos deleitamos con la exploración de los palacios vaticanos, aunando en este caso la visión al detalle de las pinturas con el disfrute de otra de las herramientas que nos ha ofrecido internet para un nuevo concepto de acercamiento a los más famosos monumentos arquitectónicos: las fotografías panorámicas. En lo que concierne al Vaticano, debemos destacar especialmente esta espectacular panorámica de la famosísima Capilla Sextina, donde podemos acercarnos a los frescos casi como si fuésemos el mismo Miguel Ángel. Veremos, así, de cerca la imponente cólera de Dios…

Pero ahora dos nuevos rincones de la red se han venido a sumar a esta peculiar e increíble nómina de “microscopios virtuales del arte”. Primero, la más modesta, aunque su modestia provenga más de su especialización que de la profundidad del tema tratado: un paseo por las magníficas obras de arte, sobre todo arquitectónicas y pictóricas, del edificio del Palau Ducal de los Borja (o Borgia, como se prefiera), en Gandía. Como muestra, estos angelotes de la Galería Dorada de tan impresionante palacio.

Y dejamos para lo último el proyecto más ambicioso y espectacular. De la mano (casi debería decirse que “como siempre”) de Google, presentamos una iniciativa que, según las propias palabras del gigante de Silicon Valley, permite “explorar museos alrededor del mundo, descubrir y observar cientos de obras con un increíble nivel de detalle, y compartir tu propia colección de obras maestras”. Con estas palabras presentamos la nueva sensación de internet, el Google Art Project, una maravillosa forma de descubrir y explorar el mundo de los museos de mayor prestigio mundial literalmente “como si paseáramos por sus galerías”. ¿Un ejemplo?: esta penetrante mirada del ave rapaz que sobrevuela la silueta del Joven caballero en un paisaje de Carpaccio, perteneciente a la colección permanente del Museo Thyssen-Bornemisza.

Así pues, recordamos ahora lo que mencionamos antes: se está desencadenando una verdadera revolución en la red, una magnífica revolución que mira, claro está, al futuro. No sólo es la cercanía a los museos lo que este tipo de iniciativas permite, sino una accesibilidad a las obras tal que hace que la distancia no tenga que ser el motivo por el que desconozcamos los tesoros de los mejores museos (y sin aglomeraciones ni incómodos accesos).

Indudablemente, nada puede ser comparable con la visión de una obra de arte “al natural”, pero mucho nos tememos que pocos vigilantes verían con buenos ojos que agarráramos una enorme lupa y nos acercáramos tanto para observar así de cerca estas obras de arte…


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Donde comenzó el arte…

escrito el 24 de Enero de 2011 por en General
Cueva de Altamira

Cueva de Altamira

Alrededor del arte, como ya hemos visto, nacen muchas preguntas, de las cuales probablemente la principal sea aquella de qué es el arte y que ya ha sido pronunciada en alguna ocasión en esta Artesala. Sin embargo, otra de las cuestiones sin resolver sigue siendo la siguiente: ¿cuándo nació el arte? Claro, que expresado así puede resultar equívoco, pues no podemos buscar las motivaciones ni las reglas con las que nos manejamos hoy día para intentar definir el arte. Quizá la cuestión sería más bien ésta: ¿cuándo podemos considerar que el hombre realizó algún trabajo o elaboró algún utensilio con una intención distinta que la simple utilidad?

El debate, discutido desde hace décadas, parece pasar por diversas cuestiones netamente antropológicas. No podemos establecer un momento exacto en el que el hombre “histórico” comenzara a realizar “obras” con una intención más o menos estética, más cuando en casi todas las civilizaciones, partiendo de la mesopotámica, se encuentran ejemplos de ello; pero, ¿qué ocurre con el hombre prehistórico?, ¿acaso algunos utensilios ceremoniales o simplemente “usables” no fueron elaborados con esa intención?

Una de las teorías que, en principio, parece más plausible es la intención ceremonial. El hombre comenzó, por ejemplo, a pintar (según muchos expertos) algunos signos, o los realizaba de una determinada forma, para distinguir su “clan” de otro, es decir, como modo de diferenciarse de un grupo cercano y que, probablemente, significaba un rival a la hora de conseguir comida o cobijo en las proximidades.

Cueva de Chauvet

Cueva de Chauvet

Otra cuestión gira en torno a las figuras que comenzaron a representar, y que alcanzaron una fidelidad asombrosa. Los animales aparecen mágicamente impresos en la pared, en muchos casos pintados aprovechando las cavidades, recovecos y salientes de la cueva para resaltar, de manera magistral, la forma del animal. Sin embargo, no nos engañemos: la idea que muchos tenemos de los hombres de hace diez, doce mil años no es precisamente la de concienzudos artistas que observaban con detenimiento su entorno para aprovechar los materiales de que disponían y con los que realizaron una obra pictórica con una evidente intención estética y una rigurosa imitación de la realidad; sino más bien la de una turba de gruñidores poco dados a los devaneos artísticos. Pero, como suele ser habitual, el estudio científico siempre nos coloca en nuestro sitio con respecto a nuestras suposiciones o falsas creencias.

Así pues, parece claro que la barrera de ese arte rupestre se halla en unos pocos miles de años antes de la aparición de Cristo, pero… ¿y si tenemos que remontarnos mucho más atrás? ¿Y si, por arte de magia, tenemos que retrotaernos hasta diez o quince mil años más de lo que creíamos? Parece imposible, ¿no es cierto?

Cueva de Chauvet

Más de veinte mil años antes de que el hombre entrara en el Neolítico, y de que hubiese manifestaciones civilizatorias de importancia en Mesopotamia, nos parece una barrera demasiado insalvable para que pudiésemos encontrar vestigios artísticos en la historia de la humanidad. Y sin embargo…

La cueva de Chauvet, que se encuentra en el departamento francés de Ardèche, fue descubierta en 1994 por un trío de espeleólogos que, prácticamente por casualidad, abrieron una puerta al pasado de la humanidad que llevaba cerrada más de veinticinco mil años. Si las dataciones no resultan inexactas, y parece que no es así, hay restos de pinturas prehistóricas de fechas cercanas o incluso superiores al 30.000 a.C., lo que los convierten, claro está, en los restos de pinturas rupestres más antiguos del mundo (por ejemplo, las pinturas de nuestra cueva de Altamira datan del 15.000 ó 12.000 a.C.).

Precisamente, sobre esta “cuevas de los sueños perdidos” (llamada así porque realmente parecía que al descubrirlas los habitantes acabaran de abandonarla con prisas, dado lo frescos que parecen sus restos), el cineasta y productor Werner Herzog realizó un documental en tres dimensiones que ha sido presentado recientemente en el Festival de Cine de Montreal, y del que ya podemos ver el tráiler:

Muchas cosas pueden decirse y pensarse, o incluso debatirse sobre el tema, pero en este punto, cuando queremos “pensar el arte”, no podemos por menos que imaginarnos el corazón acelerado de esos tres espeleólogos que, sin saberlo, por seguir el pequeño hilo que supuso esa cavidad que encontraron por azar, se toparon con esa extraordinaria madeja que supuso el hallazgo de lo que, por ahora, podemos denominar “la cuna del arte”.

No sabemos lo que nos depara el futuro, y si se encontraran vestigios más antiguos aún que éstos, y tan bien conservados, pero su contemplación, aunque sea tan sólo en una película, resulta decididamente emocionante y asombrosa.

Nota: Para más información sobre la cueva, recomendamos visitar esta entrada del blog Fogonazos, la web del propio director y la entrada de la Wikipedia de la cueva de Chauvet, así como la página del Ministerio de Cultura francés dedicada a este yacimiento.


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El arte y sus milagros

escrito el 7 de Octubre de 2010 por en General

No ocurre con frecuencia, pero a veces en el mundo del arte se producen milagros. Y no en este caso porque un famoso artista haya conseguido realizar una obra magnífica, que asombre al mundo por su perfección y su belleza, sino porque a un autor “clásico”, de los que se ha estudiado hasta la más nimia pincelada, el más pequeño centímetro de su obra, de repente le aparece una obra más, como salida de la nada, una de esas obras que se sospecha que existe, pero que nunca se ha podido encontrar, ni se ha tenido noticia de su paradero. Éste es el caso de El vino en la fiesta de San Martín, de Pieter Bruegel “El Viejo”.

Aunque parezca mentira, un cuadro pintado hacia 1565-1568 ha podido pasar relativamente desapercibido durante todos estos largos años, lustros, decenios y siglos sin que se haya sabido nada más de él que su posible existencia y su desconocido paradero. Se da, además, la circunstancia de que Bruegel no es precisamente un autor muy prolífico; o, mejor dicho, no es un autor del que nos han llegado muchas obras. Una cuarentena escasa de cuadros, en su mayoría (una tercera parte al menos) conservados en el Kunsthistorisches Museum, y en contadas ocasiones aún en manos privadas (como es el caso de Paisaje con Cristo y los apóstoles en el Mar de Tiberíades). Poca obra para un autor de tamaño peso, pues sin duda es uno de los grandes nombres de la pintura flamenca y europea del siglo XVI.

Puede discutirse cuál es su cuadro más conocido, si el archifamoso La Torre de Babel, el terrible El triunfo de la muerte (que tenemos la suerte de conservar en España), los impactantes El censo en Belén y El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, o el delicioso Boda campesina. En cualquier caso, en cada uno de ellos pueden verse las “marcas de la casa” de Bruegel, como esa peculiar visión desmitificadora o desacralizadora con la que describe las escenas mitológicas o religiosas, desplazando el tema principal a un lugar secundario para centrarse en escenas anecdóticas o aparentemente triviales. Son asimismo famosas sus “vistas de pájaro”, mediante las cuales describe un amplio panorama en el que se arremolinan los personajes descritos, a pesar de la distancia, con exquisito detalle psicológico. Y no debemos olvidar su tratamiento del paisaje. Todo ello, en mayor o menor medida, aparece en esta “nueva obra”, lo que hizo que todos los expertos que la analizaron (del Museo de Viena, el Metropolitan de Nueva York, el Bellas Artes de Bruselas, la National Gallery de Londres y, por supuesto, El Prado, nada menos) no tuvieran duda de la autoría.

El cuadro representa la fiesta del vino del día de san Martín, el 11 de noviembre, cuando se degusta el primer caldo de la nueva estación. El propio santo aparece a la derecha, partiendo su capa como cuenta la leyenda, pero no es un cuadro “religioso ni una obra de devoción”, “es una bacanal, la celebración del preludio del carnaval en los meses de invierno. Es manifiesta la tensión irónica entre la caridad de san Martín vestido como un caballero a la moda y los excesos de la fiesta que lleva su nombre”, según Pilar Silva, jefa del Departamento de Pintura Flamenca del Museo del Prado.

El cuadro es el más grande que se conoce de Bruegel, y estaba “en manos del coleccionismo aristocrático español desde el siglo XVII”, según Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación e investigación del Prado. Hoy día, por la propia Ley de Patrimonio, es imposible que un cuadro de esa categoría pueda salir de España, pero no es imposible que ocurra lo contrario: que un anónimo coleccionista, que probablemente lo atesorara desde tiempos inmemoriales, se tenga que desprender de él por motivos económicos. Por ahora no está claro que el Prado se haga definitivamente con él, pues siete millones de euros tienen la palabra, pero todo apunta a que sí, y que dentro de poco, una vez restaurado y analizado, forme parte de la colección permanente de la pinacoteca.

De Bruegel se pueden recordar muchas cosas: el ademán del caballero que, espada en mano, se enfrenta al ejército de pavorosos esqueletos de El triunfo de la muerte; la bobalicona mirada perdida de la rolliza novia de la Boda campesina; los risueños infantes que se lo pasan “bomba” en Juegos de niños; el imponente aspecto de La Torre de Babel (que ha quedado como icono de la misma); los borrachos derrotados de El país de Jauja; o el gentío desorganizado de El combate entre don Carvnaval y doña Cuaresma. Y ahora también podemos aprender a pensar mirando la multitud exaltada ante el tonel de vino del día de san Martín, o el grácil paso del caballo del propio santo. Podemos, en definitiva, disfrutar de un nuevo Bruegel, y esa es una gran noticia. Ahora hay un motivo más para admirar a este inmenso pintor, uno de los grandes de todos los tiempos. Y, además, los españoles tendremos la suerte de “tenerlo en casa”. Lo dicho, a veces los milagros en el arte existen…

Nota al margen: Artesala recomienda “perder” un poco de tiempo trasteando en una espléndida iniciativa que acerca, nunca mejor dicho, algunas de las joyas del Renacimiento italiano: haltadefinizione.com; en ella podremos estar tan cerca del lienzo como lo estuvo su autor. Esta página, gratuita por un tiempo limitado, será una herramienta espléndida para acercarse como nunca a estos grandes maestros. Imprescindible.


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El precio del arte

escrito el 14 de Mayo de 2010 por en General

81,9 millones de euros. 103,219 (cotización de mayo de 2010) millones de dólares. Éste es el precio que se ha pagado en una subasta por esta obra, Desnudo, hojas verdes y busto de Pablo Picasso. Un nuevo récord absoluto de subasta por una sola obra en todo el mundo, conseguido el día 5 de mayo de 2010. Poco menos que el producto interior bruto de un país, Kiribati, que, aunque pequeño, es un país, al fin y al cabo. Pero si a esa cantidad le sumamos un poco más de la mitad, y llegamos hasta los 175 millones de dólares, podemos ya acercarnos al PIB de Santo Tomé. ¡No está mal para una sola obra, con la que nos podríamos, literalmente, comprar un país! Y todo esto en medio de una recesión global, cuando todos los gobiernos del planeta, cada cual con lo suyo, se encuentran en medio de una crisis brutal, similar al Crack del 29, y donde los gobiernos no tienen más remedio que ajustarse aún más el cinturón y recortar las partidas dedicadas al bienestar social.

Ante estos datos es inevitable hacerse una pregunta, claro: ¿qué cuesta el arte? Desde tiempos inmemoriales, el arte ha sido un objeto de intercambio económico, algo sólo accesible en la mayoría de los casos (incluso hoy día) a los más pudientes. Y no fue hasta bien entrado el siglo XVIII, donde se comenzó a valorar el concepto de museo y pinacoteca popular, cuando las obras de arte dejaron de estar sólo al alcance de unos pocos privilegiados que tenían la suerte de disfrutar de ellas en los exclusivos salones de las suntuosas villas de la aristocracia, realeza o alta burguesía.

El listado de “obras más caras del mundo” (es decir, las obras por las que se ha pagado una mayor cantidad de dinero, generalmente mediante subasta) va cambiando cada cierto tiempo, y siempre que se cuela una en el “top ten” suele ser una noticia de relumbrón en todos los periódicos a nivel mundial. Así ocurrió con El hombre que marcha de Giacometti, Número 5 de Pollock, Willem III de Willem de Kooning, Retrato de Adèle Bloch-Bauer de Gustave Klimt o Muchacho con pipa también de Picasso. Y la nómina es larga, como puede comprobarse en estos enlaces (Público.es, Mirartegaleria o Clarín); y son sólo algunos ejemplos, pues la red está llena de páginas a las que puede accederse con una rápida búsqueda, o visitando simplemente (eso sí, en inglés) la página de la wikipedia dedicada a ello.

Es fácil llegar a algunas conclusiones sin pecar demasiado de ingenuidad. Es evidente que en la mayoría de ocasiones estas obras no las adquieren personas o instituciones interesadas realmente en  el arte, sino que son simplemente “mercancia” con la que especular. En el caso de la obra de Klimt sí responde a un deseo de acceder a una pieza en concreto, pues fue adquirida por el magnate de la cosmética Ronald S. Lauder para crear un museo (la Neue Galerie, situado en Manhattan) alrededor de esta misma, pero esto no suele ser la norma habitual, ni mucho menos.

Por otro lado, la casi totalidad de las obras que más dinero alcanzan en las subastas son muy modernas, como es lógico. Las grandes obras clásicas pertenecían en la mayoría de los casos a grandes monarcas o a miembros de la más alta aristocracia, quienes las adquirían para su propio disfrute, pero que pasaban con el tiempo a engrosar el patrimonio cultural de las grandes naciones. Los austrias y borbones, por ejemplo, se demostraron grandes coleccionistas de arte, y en la época contemporánea casos como el de Guggenheim o Thyssen son casi anecdóticos. Es por ello que las grandes obras están en manos de pinacotecas nacionales, o de algunas privadas apoyadas por gobiernos para su conservación. Si no fuera así, causaría vértigo pensar qué podría suponer subastar una obra como, por ejemplo, Las Meninas, o la Mona Lisa, o los frescos de la Capilla Sixtina…

Otro dato es que casi todas las obras que mencionamos son retratos, que aunque es evidente que es el género quizá más repetido y admirado en la pintura y escultura, no deja de resultar una curiosidad.

Y, siguiendo con la ingenuidad, y llegando incluso a la demagogia: ¿qué ocurriría si pensamos que una sola de estas obras podría suponer paliar el hambre de millones de personas? ¿Y qué supone saber que si lo que se gasta en este inaccesible arte se empleara en investigación científica se podría acabar con las lacras más graves del mundo en poco tiempo, o al menos paliarlas? Además, en el caso del retrato de Adele van a poder disfrutarlo todos aquellos que tengan la suerte de pasear por la Gran Manzana, pero ¿es lícito permitir que alguien se gaste esa cantidad para un disfrute privado? La oferta y la demanda, que es la base del capitalismo, es la que impone que estas obras alcancen estos precios astronómicos, pero… ¿no deja de ser insolidario?

El arte para muchos no es eso, pero somos unos ingenuos y utópicos soñadores, ¿no es cierto?


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El arte también duele

escrito el 24 de Noviembre de 2009 por en General

Como decíamos ayer (con permiso de Fray Luis), el arte puede conducir a la felicidad, o al menos puede proporcionarnos momentos felices. Este axioma (a pesar de que pueda pensarse que ni siquiera sea un axioma) nos deja tranquilos y felices ante la perspectiva de poder darle una utilidad al arte, empeñados como estamos en el mundo en el que vivimos en darle una utilidad a todo, pues el arte, inútil por definición, tiene ahora la encomiable tarea de proporcionarnos felicidad, sea ésta una felicidad dulce y pausada o una felicidad movida y extenuante. Pero… ¿qué hacemos con el arte que no da la felicidad?, Gorecki01¿qué hacemos con el arte que más que alegrarte la vida te la entristece? Porque, queridos lectores, el arte también puede doler, y mucho…

Henryk Górecki, que se ufanaba en codearse con los compositores experimentales de la época, y entre los cuales había obtenido reconocimiento y un cierto grado de liderazgo, y que cultivaba la disonancia y el serialismo, ha pasado a la historia de la música contemporánea por haber sido el autor de una de las piezas “melódicas” más aclamadas y, sobre todo, más vendidas y seguidas de las últimas décadas, en lo que a música “culta” o “clásica” se refiere: su Sinfonía nº 3, también llamada “Sinfonía de las lamentaciones”, de cuyo cd se habían vendido más de un millón de copias hacia 1995.

¡Un millón de copias de un disco de música culta! Las razones del éxito aún se están discutiendo, pues, y como expresó en su momento el escritor Michael Steinberg, no puede entenderse cómo la gente se echó a las calles para comprar un disco de cincuenta minutos de una música excepcionalmente lenta cantada en un idioma completamente desconocido para los degustadores franceses, germanos o ingleses (y del resto de Europa fuera de Polonia, se entiende). Pero, si indagamos un poco más en el asunto, incluso en la wikipedia encontramos cumplida información del porqué del éxito de esa tremenda pieza.

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"Lemminkäisen äiti", 1897, de Akseli Gallen-Kallela

El origen fue el hallazgo, por parte del propio Górecki y gracias al folclorista Adolf Dygacz, de una melodía, llamada “A dónde se ha ido mi querido hijo” (Kajze mi sie podzioł mój synocek miły) que narraba, con palabras sencillas pero llenas de fuerza, el terrible dolor de una madre por la pérdida de su hijo. Poco más tarde, Górecki oyó hablar de una inscripción hallada en una celda de una cárcel de la Gestapo de Zakopane en la que, entre sórdidos mensajes de presos desesperados, una joven de tan sólo dieciocho años, Helena Wanda Błażusiakówna, garabateó en la pared O Mamo nie płacz nie—Niebios Przeczysta Królowo Ty zawsze wspieraj mnie (“Oh mamá, no llores. Inmaculada Reina Celestial, socórreme siempre”).

Ambos textos, el de la madre desesperada y la hija desconsolada, despertaron en Górecki la necesidad de crear una pieza de melodía minimalista y repetitiva que, sin embargo, es un proyectil que apunta directamente al corazón con una explosión de tristeza y melancolía extraordinaria. Éste es el segundo movimiento de la pieza, el “Lento e largo – Tranquillissimo”, que se corresponde con el momento en el que la muchacha consuela a su madre, y le pide asimismo apoyo y consuelo:

En poco tiempo la pieza se convirtió en algo así como la banda sonora oficial del dolor, presente en bandas sonoras de películas y reediciones del cd original que fueron “pinchadas” en todas las emisoras de música culta de Europa y América. Górecki pasó a ser un autor casi famoso que desbancaba a Mozart o Beethoveen en la lista de los compositores más vendidos. Y todo ello gracias a una pieza delicada pero opresiva, consagrada a  mostrar el más puro dolor en la garganta de una soprano.

El arte duele. También. El arte puede entristecer con una fuerza pasmosa. Podría dar otros ejemplos dentro de la música, como las tremendas piezas de Sainte Colombe que Savall interpretó en la ya mítica Tous les matins du monde, o mucho más cercano y alejado en el tiempo musical (realmente extremos de la misma historia de la música), el japonés Ryuichi Sakamoto hace lo propio en su último disco, Out of noise, con la segunda y la tercera pieza, llamadas “Hwit” y “Still Life” respectivamente. Los compositores, a lo largo de la historia, han puesto melodía al dolor, la tristeza y el sufrimiento.

No sólo es la música, evidentemente, la que hace doler al corazón, sino muchas manifestaciones del arte, pero este post concluye aquí. Pronto (espero que esta vez sí) seguiremos.


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El arte y la felicidad

escrito el 17 de Septiembre de 2009 por en General

felicidad0011Es muy común en todas las corrientes de pensamiento de todos los tiempos el preguntarse cuál es el origen de la felicidad, qué es lo que hace que un hombre se considere “feliz”, o cuál es la naturaleza misma de la felicidad. Como podrá imaginar el lector perspicaz, ninguna de estas corrientes ha dado con la fórmula mágica que haga que el hombre sepa cómo conseguir la felicidad, y en la mayoría de ocasiones los pensadores se conforman con que el lector sepa al menos reconocerla, algo de lo que no todo el mundo es capaz. Será quizá porque la naturaleza misma de la felicidad se halle en el desconocimiento de que se es feliz (en la ignorancia, casi); de paradojas como ésta está llena la existencia.

En lo que sí se ponen de acuerdo los pensadores es en que la felicidad necesita de estímulos, lo mismo que de cierto grado de disfrute en la mera perspectiva de poder hallarlos. Es decir, para ser feliz se debe ser, por fuerza, despierto y curioso, a pesar de que no pocos pensadores y axiomas de la filosofía popular asocian felicidad con simplicidad, con la vida contemplativa.

No es ese el caso de uno de los divulgadores españoles más famosos de los últimos tiempos, Eduardo Punset, quien se atreve incluso a desvelar cuál puede ser la fórmula mágica de la felicidad (y que aquí no vamos a revelar, pues sería como destripar el final de una buena película). Pero el tema que aquí nos ocupa es saber si la felicidad se puede encontrar en el arte, y Punset es claro: el arte ayuda, y mucho, a conseguir ser feliz.

Las investigaciones han revelado que la música, y por qué no otras artes, actúa sobre el sistema nervioso central, aumentando los niveles de endorfina, los “opiáceos naturales” del cerebro, y otros neurotransmisores como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina. Más allá de estos términos técnicos, arduos para los profanos, lo que queda claro es que la música, el arte en general, proporciona motivación y energía ante la vida, y disminuye el dolor, algo básico para lograr una sensación de bienestar, que no es otra cosa que la esencia para sentir gratitud y satisfacción existencial, es decir, y cerrando el círculo, el centro mismo de la felicidad. Así, contemplar un hermoso paisaje leyendo un libro, escuchar buena música, admirar un cuadro, disfrutar de una buena película, etcétera, hace que nos alegremos de estar vivos, que nos sintamos felices, vaya, aunque sea un breve instante (lo que entronca con otro personaje público, Antonio Gasset, el inefable crítico de cine que dijo una maravillosa frase al despedirse de un programa: “sean intermitentemente felices, que según los expertos es la única forma de serlo”).

¿Es esto posible porque, como señala Punset y Godstein antes que él, el arte produce euforia, consecuencia de la liberación de endorfinas por la glándula pituitaria, y que esto es en definitiva fruto de la actividad eléctrica que se propaga en una región del cerebro muy concreta, donde se hayan los centros de control del sistema límbico? Bueno, no necesitamos ser científicos para saber que el arte produce sensaciones especiales, y uno recuerda que loscuadro002 “momentos felices” de su vida son, precisamente, aquellos donde las sensaciones especiales ganan la partida al tedio vital de la vida rutinaria del hombre moderno.

Siempre se puede ir un paso adelante. Si el arte da la felicidad, ¿por qué precisamente el estereotipo de artista que tenemos en nuestra cabeza es el de un ser atormentado y medroso que no lleva precisamente una existencia feliz? Claro, que ese estereotipo puede parecer de otra época, o propio de los artistas que no gozan de reconocimiento en vida, pero resulta curioso que el cerebro capaz de crear obras maestras no sea absolutamente feliz, salvo en honrosas excepciones. Parece un alto precio que pagar para aquellas almas sensibles que deberían ser respetadas, pero parece también una especie de cruel tasa: sí, eres un genio, pero no puedes ser feliz; lo será aquel que disfrute de la magnífica obra que has hecho… Ironías del destino.

Habría, por supuesto, que hablar de lo que siempre se habla cuando se menciona la palabra arte, pues si no está claro a veces qué es el arte y que no, tampoco sería fácil calibrar qué arte hace o no feliz. Una encorsetada dama enfundada en su abrigo de angora que asiste a una noche de ópera… ¿libera tanta endorfina como un adolescente sudoroso en pleno éxtasis en un concierto de rock? ¿Acaso una mala película debe dejarnos tristes?; pero, ¿como es posible que nos riamos a mandíbula batiente con esa mala película, si es capaz de apretar los resortes cómicos adecuados?

Para este humilde bloguero es evidente que la mera indagación, el ansia de saber qué es o no buen arte, merece la pena como vehículo de felicidad. Y si encima esa búsqueda consigue hallar momentos sublimes, ¡entonces sí que se puede decir que el arte te hace feliz!


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La luz del Románico

escrito el 24 de Julio de 2009 por en General

Seguimos el camino abierto de reflexión sobre el arte, su evolución y el modo en el que repercute en nuestra vida. Y como lo prometido es deuda, hablemos del Románico, y por ello intentaremos reflexionar sobre lo que significaba para el hombre medieval el concepto de templo y de arte.

romanico_003Resulta ya manida la idea que tenemos de la vida en “los tiempos oscuros”, pero lo cierto es que fue una época dura, básicamente porque eso que hoy conocemos como “estado del bienestar” era impensable incluso para las clases acomodadas. Se pasaba hambre, las escaramuzas bélicas eran más que habituales, y el trabajo, fundamentalmente en la explotación de la tierra, era duro, y ocupaba la mayor parte del tiempo. En definitiva, no había espacio para el disfrute, e incluso cabría decir que no se tenía conocimiento de lo que era (salvo para los más pudientes, contando con que no fueran guerreros, claro). La esperanza de vida era exigua (treinta, cuarenta años a lo sumo) y, en fin, la existencia no es que fuese un lecho de rosas. Lo lógico era pensar que existía un más allá, una vida mejor, después de las penurias de ésta, así que era normal desear que los templos fuesen el mejor edificio del entorno, porque ahí, simplemente, habitaba Dios, y había que tenerle muy presente para merecer esa otra vida plena.

Así que, independientemente del hecho en sí de la creencia en la vida después de la muerte, los templos eran los edificios más cuidados, y para los que más esfuerzo (y presupuesto) se empleaba. Eran, y siguen siendo, el rasgo distintivo de una población, mayor si cabe en aquellos tiempos, pero… ¿eran realmente como han llegado hasta nosotros?

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La imagen que tenemos de una iglesia románica es un templo austero cuyo interior, de piedra desnuda, sobrecoge por su sencillez y penumbra. Las soluciones arquitectónicas no permitían muchos dispendios, y además se tendía siempre al recogimiento y al ambiente propicio para la oración. Esto es cierto, como lo es el que la mayoría de los fieles fuesen analfabetos, y de ahí el interés por mostrar, en esas portadas tan magníficas y sobrecogedoras, la magnificencia de los personajes divinos y el terror inspirado por los personajes malignos. Pero… ¿que opinaríais si vieseis un interior repleto de color y luz? Chocante, ¿no es cierto?

romanico_002Pues lo cierto es que las paredes de los templos (y buena prueba de ello es San Isidoro de León, o las magníficas ermitas del valle de Boí) estaban completamente decoradas con frescos multicolores que llenaban las paredes del recinto y que, desgraciadamente, han llegado en muy escasas ocasiones hasta nuestros días. Además, solían iluminarse con aparatosos sistemas de velas y antorchas, y la unión del transepto (el palo corto de la cruz, para entendernos) con el resto del edificio solía estar adornada con una gruesa tela (a menudo de color rojo intenso) que separaba aquel espacio reservado para Dios y sus ministros (el altar, ábside y aledaños) del espacio reservado a los fieles, y sólo se abría cuando tenía lugar la celebración de la eucaristía u otro oficio religioso.

Así que, telas de colores vivos, antorchas y frescos de colorines en las paredes… ¡no es la idea que tenemos de un templo románico! Hasta la luz que entraba por los ventanales estaba cargada de simbología; los rayos de sol penetraban por el ábside, que se orientaba al este, símbolo de la luz salvadora de Dios, mientras que los últimos rayos de sol desaparecían por el oeste, anunciando el juicio divino.

Una vez más, lo que vemos, lo que nos ha llegado, la idea que tenemos de una obra de arte antigua, puede no ser lo que imaginábamos que debería ser. Y es que el arte es así, mucho más complejo de lo que aparenta.

Quizá sea el momento de plantearnos algunas cuestiones más profundas sobre el arte, como por ejemplo, su implicación con la felicidad. Pero eso será en la próxima entrega.


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El color de los clásicos

escrito el 9 de Junio de 2009 por en General

A menudo tendemos a ser simples cuando calibramos la importancia del arte asociado a cualquier cultura antigua. Es lógico, pues miramos desde la perspectiva arrogante del que lee esas obras en nuestro tiempo, cuando el arte, salvo honrosas excepciones, se ha convertido en una moda más, una forma de consumo más. Pero no debemos fustigarnos por ello; somos fruto de nuestro tiempo, y si la televisión, forma suprema de desvirtuar muchas cosas, es capaz de perpretar infames productos que son devorados con fricción por millones de telespectadores… ¿cómo vamos a exigirles a todos ellos un juicio sosegado sobre tales cuestiones? Dejémonos a nosotros mismos, miembros de la elite predilecta, que seamos los que discurramos sobre estos términos, y convenid conmigo en que la ironía sienta bien a estos menesteres.

Bromas aparte, hay algo fascinante en la manera en la que el arte puede sugerirnos, a veces de manera falsa e incluso ingenua, las glorias del pasado. Así, por ejemplo, es de sobras conocido que los griegos, y por ende los romanos (eminentes copiadores), eran muy amantes del color en sus esculturas y obras arquitectónicas. Y esto, la primera vez que lo descubres, resulta ciertamente chocante. No me pondré ahora a repasar todos los libros de texto, pero dudo mucho que haya cambiado la forma de enseñar el arte en comparación a cómo lo aprendí yo, así que no creo que en ningún libro se advierta (con la clara intención de no volver loco al alumnado) de que el Partenón estaba pintado con vivos colores, pero imaginarlo de esa guisa en lo alto de la Acrópolis con nuestros ojos contemporáneos haría que nos pareciera más una broma de un mal musical hollywoodiense que una verdadera obra de arte. Y lo mismo pasa con las esculturas, como las que acompañan a este post (pertenecientes, por cierto, a una exposición presentada nada menos que en el Museo Nacional de Arqueología de Atenas, en 2007, que no es cualquier sitio).

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Yo pienso en ese pulcro mármol que estamos acostumbrados a ver, y que tan profusamente fue imitado en la que se supone época dorada de la escultura, la renacentista (y pienso en Miguel Ángel y su famoso mármol de Carrara), y en que si estuviera pintado de la guisa en la que aparecen estas esculturas que os muestro a muchos incluso les entraría la risa. Eso dice mucho de nuestros referentes culturales. Toda sociedad se crea su iconografía, su “verdad” sobre las cosas, y es habitual que se esconda la “verdadera verdad” para que no se dé pie a confusiones ni a ver tambalear las sacrosantas estructuras que tanto nos ha costado crear. Sin embargo, la verdad debería ser la verdadera aspiración de la sociedad, pero incluso hoy día, ya adentrados en el siglo XXI, podemos cerciorarnos de que la verdad, por desgracia, es a veces tan difícil de encontrar como siempre lo ha sido en la historia de la humanidad. La razón por la que los griegos gustaban de aplicar color a sus obras es también cultural, pero a Occidente, sobre todo después de la recuperación del interés por las obras clásicas iniciada en el Romanticismo, le resulta incómodo ese colorido entusiasmo. Supongo que los helenos querían un arte “limpio y moderno”, pero para nosotros su sensibilidad artísitica pertenece a un encorsetado mundo anciano que nunca nos podría parecer nuevo, y menos si está pintado de colorines.

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En el arte, pues, las apariencias engañan. Y si no, esperad a que hablemos de las iglesias románicas. Pero eso será en la próxima entrega.


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¿Qué es el arte?

escrito el 29 de Abril de 2009 por en General

Miles de millones de personas en todo el mundo viven sus vidas cotidianamente sin pararse a pensar jamás en la pregunta de las preguntas: “¿qué es el arte, y cuál es su utilidad?”. De hecho, esta cuestión es muy reciente, si tenemos en cuenta el tiempo que lleva el ser humano sobre la faz de la Tierra. Pero todo este devenir de creación y aceptación (sea del modo que sea) del arte en nuestro mundo, desde la primera pulsión de pintar las paredes de sus cuevas de los hombres prehistóricos a, pongamos por caso, las “Islas envueltas” de Christo, puede resumirse en una deliciosa anécdota de la que fui hace unos meses protagonista: al inquirir a un auxiliar de una instalación navideña a la que envolvía una deliciosa melodía (de la que dudábamos si se trataba del apabullante Réquiem de Victoria) sobre qué era lo que estaba sonando por los altavoces, el ínclito, solícito y cortés, respondió con una sonrisa franca “pues miren, música clásica, mayormente”.

El arte, teorizado o no, comprensible o no, es arte cuando alcanza su verdadera meta: conmover. Y para eso no importa no ser un experto, como nuestro entrañable auxiliar, sino que sólo es necesario conmoverse.

Desde esta página intentaremos plantear preguntas sobre qué es el arte para cada uno de nosotros. Porque, dicho sea desde el comienzo, el arte debe ser la más inútil de las acciones humanas, y puede ser también la más hermosa. Intentaremos comprobarlo en siguientes entradas.

Gracias por haber llegado hasta aquí, y bienvenidos a este viaje.


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Aprender a Pensar