El arte también duele
Como decíamos ayer (con permiso de Fray Luis), el arte puede conducir a la felicidad, o al menos puede proporcionarnos momentos felices. Este axioma (a pesar de que pueda pensarse que ni siquiera sea un axioma) nos deja tranquilos y felices ante la perspectiva de poder darle una utilidad al arte, empeñados como estamos en el mundo en el que vivimos en darle una utilidad a todo, pues el arte, inútil por definición, tiene ahora la encomiable tarea de proporcionarnos felicidad, sea ésta una felicidad dulce y pausada o una felicidad movida y extenuante. Pero… ¿qué hacemos con el arte que no da la felicidad?,
¿qué hacemos con el arte que más que alegrarte la vida te la entristece? Porque, queridos lectores, el arte también puede doler, y mucho…
Henryk Górecki, que se ufanaba en codearse con los compositores experimentales de la época, y entre los cuales había obtenido reconocimiento y un cierto grado de liderazgo, y que cultivaba la disonancia y el serialismo, ha pasado a la historia de la música contemporánea por haber sido el autor de una de las piezas “melódicas” más aclamadas y, sobre todo, más vendidas y seguidas de las últimas décadas, en lo que a música “culta” o “clásica” se refiere: su Sinfonía nº 3, también llamada “Sinfonía de las lamentaciones”, de cuyo cd se habían vendido más de un millón de copias hacia 1995.
¡Un millón de copias de un disco de música culta! Las razones del éxito aún se están discutiendo, pues, y como expresó en su momento el escritor Michael Steinberg, no puede entenderse cómo la gente se echó a las calles para comprar un disco de cincuenta minutos de una música excepcionalmente lenta cantada en un idioma completamente desconocido para los degustadores franceses, germanos o ingleses (y del resto de Europa fuera de Polonia, se entiende). Pero, si indagamos un poco más en el asunto, incluso en la wikipedia encontramos cumplida información del porqué del éxito de esa tremenda pieza.
El origen fue el hallazgo, por parte del propio Górecki y gracias al folclorista Adolf Dygacz, de una melodía, llamada “A dónde se ha ido mi querido hijo” (Kajze mi sie podzioł mój synocek miły) que narraba, con palabras sencillas pero llenas de fuerza, el terrible dolor de una madre por la pérdida de su hijo. Poco más tarde, Górecki oyó hablar de una inscripción hallada en una celda de una cárcel de la Gestapo de Zakopane en la que, entre sórdidos mensajes de presos desesperados, una joven de tan sólo dieciocho años, Helena Wanda Błażusiakówna, garabateó en la pared O Mamo nie płacz nie—Niebios Przeczysta Królowo Ty zawsze wspieraj mnie (“Oh mamá, no llores. Inmaculada Reina Celestial, socórreme siempre”).
Ambos textos, el de la madre desesperada y la hija desconsolada, despertaron en Górecki la necesidad de crear una pieza de melodía minimalista y repetitiva que, sin embargo, es un proyectil que apunta directamente al corazón con una explosión de tristeza y melancolía extraordinaria. Éste es el segundo movimiento de la pieza, el “Lento e largo – Tranquillissimo”, que se corresponde con el momento en el que la muchacha consuela a su madre, y le pide asimismo apoyo y consuelo:
En poco tiempo la pieza se convirtió en algo así como la banda sonora oficial del dolor, presente en bandas sonoras de películas y reediciones del cd original que fueron “pinchadas” en todas las emisoras de música culta de Europa y América. Górecki pasó a ser un autor casi famoso que desbancaba a Mozart o Beethoveen en la lista de los compositores más vendidos. Y todo ello gracias a una pieza delicada pero opresiva, consagrada a mostrar el más puro dolor en la garganta de una soprano.
El arte duele. También. El arte puede entristecer con una fuerza pasmosa. Podría dar otros ejemplos dentro de la música, como las tremendas piezas de Sainte Colombe que Savall interpretó en la ya mítica Tous les matins du monde, o mucho más cercano y alejado en el tiempo musical (realmente extremos de la misma historia de la música), el japonés Ryuichi Sakamoto hace lo propio en su último disco, Out of noise, con la segunda y la tercera pieza, llamadas “Hwit” y “Still Life” respectivamente. Los compositores, a lo largo de la historia, han puesto melodía al dolor, la tristeza y el sufrimiento.
No sólo es la música, evidentemente, la que hace doler al corazón, sino muchas manifestaciones del arte, pero este post concluye aquí. Pronto (espero que esta vez sí) seguiremos.

Es muy común en todas las corrientes de pensamiento de todos los tiempos el preguntarse cuál es el origen de la felicidad, qué es lo que hace que un hombre se considere “feliz”, o cuál es la naturaleza misma de la felicidad. Como podrá imaginar el lector perspicaz, ninguna de estas corrientes ha dado con la fórmula mágica que haga que el hombre sepa cómo conseguir la felicidad, y en la mayoría de ocasiones los pensadores se conforman con que el lector sepa al menos reconocerla, algo de lo que no todo el mundo es capaz. Será quizá porque la naturaleza misma de la felicidad se halle en el desconocimiento de que se es feliz (en la ignorancia, casi); de paradojas como ésta está llena la existencia.
“momentos felices” de su vida son, precisamente, aquellos donde las sensaciones especiales ganan la partida al tedio vital de la vida rutinaria del hombre moderno.
Resulta ya manida la idea que tenemos de la vida en “los tiempos oscuros”, pero lo cierto es que fue una época dura, básicamente porque eso que hoy conocemos como “estado del bienestar” era impensable incluso para las clases acomodadas. Se pasaba hambre, las escaramuzas bélicas eran más que habituales, y el trabajo, fundamentalmente en la explotación de la tierra, era duro, y ocupaba la mayor parte del tiempo. En definitiva, no había espacio para el disfrute, e incluso cabría decir que no se tenía conocimiento de lo que era (salvo para los más pudientes, contando con que no fueran guerreros, claro). La esperanza de vida era exigua (treinta, cuarenta años a lo sumo) y, en fin, la existencia no es que fuese un lecho de rosas. Lo lógico era pensar que existía un más allá, una vida mejor, después de las penurias de ésta, así que era normal desear que los templos fuesen el mejor edificio del entorno, porque ahí, simplemente, habitaba Dios, y había que tenerle muy presente para merecer esa otra vida plena.
Pues lo cierto es que las paredes de los templos (y buena prueba de ello es San Isidoro de León, o las magníficas ermitas del valle de Boí) estaban completamente decoradas con frescos multicolores que llenaban las paredes del recinto y que, desgraciadamente, han llegado en muy escasas ocasiones hasta nuestros días. Además, solían iluminarse con aparatosos sistemas de velas y antorchas, y la unión del transepto (el palo corto de la cruz, para entendernos) con el resto del edificio solía estar adornada con una gruesa tela (a menudo de color rojo intenso) que separaba aquel espacio reservado para Dios y sus ministros (el altar, ábside y aledaños) del espacio reservado a los fieles, y sólo se abría cuando tenía lugar la celebración de la eucaristía u otro oficio religioso.




